
VISION MERCEDES-MAYBACH 6: UN CONCEPT CAR ELÉCTRICO VESTIDO DE ALTA COSTURA
10/08/2026Pocas veces un automóvil ha representado de una manera tan perfecta el espíritu tecnológico de una época como el Renault Étoile Filante. A mediados de los 50, cuando la aviación a reacción, los primeros reactores y la carrera espacial alimentaban la imaginación colectiva, Renault decidió trasladar parte de aquella tecnología al automóvil. El resultado fue un espectacular monoplaza azul que en 1956 se convirtió en uno de los coches más rápidos del mundo. Acompáñanos en el post de hoy para conocer la historia del Étoile Filante, del historial de Renault en este tipo de vehículos y eventos, de sus características técnicas, de los récords batidos en 1956 y de su vida posterior.
ANTECEDENTES DE RENAULT EN LOS RÉCORDS DE VELOCIDAD EN TIERRA
El Étoile Filante no fue un coche que nació de la nada. Antes de 1956, Renault llevaba décadas utilizando este tipo de récords como banco de pruebas tecnológico. La historia comenzó mucho antes, más concretamente en los años 20, con el Renault 40 CV des Records. Derivado del enorme 40 CV de lujo, este vehículo recibió una carrocería especialmente aerodinámica y un gigantesco motor de seis cilindros en línea de más de 9 litros y unos 150 CV. En 1925 empezó a establecer récords de velocidad y resistencia y, un año después, alcanzó una de sus mayores hazañas: el 9 de julio de 1926 recorrió 4.167,578 kilómetros en 24 horas en Montlhéry, a una velocidad media de 173,649 km/h.

Renault 40 CV des Records durante una edición del Goodwood Festival of Speed (Creative Commons)
Renault continuó experimentando con esta fórmula. En abril de 1934 llegó el Nervasport des Records, equipado con un motor de ocho cilindros en línea de 4,8 litros y una aerodinámica mucho más sofisticada. En apenas 48 horas consiguió nueve récords internacionales y tres mundiales, entre ellos el de 48 horas, tras recorrer 8.037 kilómetros a una media de 167,445 km/h.

Renault Nervasport de 1934 (Creative Commons)
Aquellos coches no buscaban únicamente demostrar que Renault podía fabricar automóviles rápidos. Los récords servían para experimentar con aerodinámica, motores, lubricación, refrigeración, neumáticos, frenos y resistencia mecánica. Esa filosofía sería fundamental para entender el nacimiento del Étoile Filante.
LA REVOLUCIÓN DE LA TURBINA. EL ORIGEN DEL ÉTOILE FILANTE
Tras la Segunda Guerra Mundial, la aeronáutica vivía una auténtica revolución. Los motores de reacción habían demostrado todo su potencial y las turbinas de gas comenzaban a considerarse una posible alternativa también para el automóvil.
Joseph Szydlowski, fundador de Turbomeca, fabricante francés de turbinas aeronáuticas, se acercó a Renault con una propuesta: construir un automóvil experimental equipado con una turbina. La idea encajaba perfectamente con las inquietudes de Pierre Lefaucheux, entonces máximo responsable de Renault, que quería explorar nuevas tecnologías y, al mismo tiempo, aspiraba a conseguir un récord de velocidad. El proyecto comenzó en 1954 y fue confiado a tres figuras fundamentales: Fernand Picard, responsable de estudios; Albert Lory, especialista en motores, y Jean Hébert, ingeniero y piloto.

Joseph Szydlowski (Creative Commons)
El nombre elegido en francés, Étoile Filante, significa literalmente «Estrella Fugaz», una denominación muy acertada para un automóvil que parecía salido de una película de ciencia ficción. Durante aproximadamente dos años, Renault trabajó intensamente en su aerodinámica, realizando simulaciones en túnel de viento. La carrocería debía ofrecer la mínima resistencia posible y, al mismo tiempo, garantizar la estabilidad a velocidades superiores a 300 km/h.

Detalle de la estrella fugaz en la aleta trasera del vehículo (Creative Commons)
El resultado fue un monoplaza de 4,84 metros de longitud, apenas 1,10 metros de altura y unos 950 kilos de peso. Su estructura era un ligero bastidor tubular de acero al cromo-molibdeno revestido por una carrocería de poliéster. Dos enormes aletas verticales traseras, inspiradas directamente en la aeronáutica, daban al coche su característica apariencia.

Renault Étoile Filante (Creative Commons)
FICHA TÉCNICA
La joya de la corona estaba escondida en el interior: una turbina Turbomeca Turmo capaz de desarrollar aproximadamente 270 CV a 28.000 rpm. En lugar de gasolina, utilizaba queroseno, como correspondía a su inspiración aeronáutica. La turbina tenía además una característica muy particular: apenas producía vibraciones. Su enorme régimen de giro hacía que su funcionamiento fuera extraordinariamente suave para los estándares mecánicos de los años 50.

Vista trasera (Creative Commons)
La transmisión también era especial. El sistema Transfluide, concebido para reducir las 28.000 rpm de la turbina hasta unas 2.500 rpm en el eje de transmisión, anticipaba soluciones que posteriormente serían utilizadas en los Renault Frégate. El coche incorporaba además frenos de disco, una tecnología todavía relativamente novedosa en aquellos años, ya que fue introducida por Jaguar con el C-Type en 1952. Renault presentó oficialmente el Étoile Filante a la prensa el 22 de junio de 1956 en el circuito parisino de Linas-Montlhéry. El objetivo estaba claro: llevarlo a Estados Unidos y enfrentarlo al salar de Bonneville, el escenario por excelencia para los grandes récords de velocidad.

Autódromo de Linas-Montlhéry, lugar de presentación mundial del Étoile Filante antes de partir hacia Estados Unidos (Creative Commons)
LOS RÉCORDS DE BONNEVILLE
El 5 de septiembre de 1956 llegó el momento de la verdad. Jean Hébert se colocó a los mandos del extraño monoplaza azul en las interminables rectas blancas del salar de Bonneville, en el estado de Utah. El Étoile Filante demostró que aquella extravagante combinación de turbina aeronáutica y automóvil podía funcionar.

Salar de Bonneville de Utah, el escenario de los récords (Creative Commons)
En aquella jornada se establecieron cuatro récords de velocidad: el de recorrer un kilómetro a 306,902 km/h; el de alcanzar una milla a 307,707 km/h; el de alcanzar cinco kilómetros a 308,85 km/h; y el de 5 millas a 280,8 km/h. La velocidad máxima registrada durante las pruebas llegó aproximadamente a 322 km/h, aunque las homologaciones se establecieron sobre las distancias reglamentarias, no sobre la velocidad punta del coche. La cifra más espectacular fue la de 308,85 km/h sobre cinco kilómetros: Renault había conseguido situar un automóvil con tecnología experimental por encima de la barrera psicológica de los 300 km/h.
Además del prestigio tecnológico, el éxito tuvo una consecuencia comercial. La hazaña recibió una enorme cobertura en la prensa estadounidense y contribuyó a reforzar la imagen de Renault en Estados Unidos precisamente cuando la marca estaba introduciendo allí el nuevo Dauphine. Paradójicamente, la turbina no acabaría conquistando el automóvil. Aunque ofrecía suavidad, potencia y una extraordinaria relación entre tamaño y prestaciones, presentaba importantes inconvenientes en consumo, respuesta, costes y utilización cotidiana. Renault, como prácticamente todos los fabricantes que experimentaron con esta tecnología, terminó abandonando la idea.

Con los récords del Étoile Filante, Renault tuvo la operación de marketing perfecta para vender el Dauphine en Estados Unidos, al lanzarse en el mismo año de los récords (Creative Commons)
UNA ESTRELLA FUGAZ QUE VOLVIÓ A PASAR SOBRE LA TIERRA
Durante décadas, el Étoile Filante quedó como una de las grandes piezas de la historia de Renault. Sin embargo, la marca decidió recuperarlo en los años 90. El coche fue completamente desmontado en Billancourt, se restauró el chasis y se reparó la turbina. Finalmente volvió a ponerse en marcha y pudo desplazarse de nuevo por sus propios medios por primera vez desde 1956.
Sin embargo, su regreso más espectacular tendría lugar, en 2016, sesenta años después del récord. Renault llevó el Étoile Filante nuevamente a Bonneville durante la Speed Week (Semana de la Velocidad). Esta vez no se pretendía repetir el récord. El automóvil fue equipado con un motor eléctrico y puesto en manos de Nicolas Prost, hijo del cuatro veces campeón mundial de Fórmula 1 Alain Prost.

Nico Prost (Creative Commons)
La escena tenía un enorme valor simbólico: seis décadas después, el mismo automóvil volvía al escenario donde se convirtió en leyenda, pero sustituyendo su turbina de queroseno por propulsión eléctrica. No se trataba de una nueva tentativa oficial de récord, sino de un homenaje al automóvil y a aquella hazaña de 1956.
¿QUÉ HA SIDO DEL ÉTOILE FILANTE?
Aunque el coche se conserva en la actualidad, no se puede contemplar físicamente en ningún museo, aunque alguna que otra vez ha hecho acto de presencia en salones clásicos como el Rétromobile de París. El Étoile Filante forma parte del patrimonio histórico de Renault. Como solución intermedia, la propia marca lo incluye en su colección de automóviles históricos y mantiene una ficha específica dentro de The Originals Renault Museum, una base de datos donde se pueden consultar sus características técnicas, su historia e incluso realizar una exploración virtual del vehículo.

El Étoile Filante durante el Goodwood Festival of Speed de 2016 (Creative Commons)
Y su legado no ha quedado reducido a una fotografía de 1956. En 2025 Renault volvió a emplear el nombre Filante Record para un nuevo prototipo eléctrico destinado a investigar la eficiencia energética. El nuevo vehículo se inspira explícitamente en el 40 CV des Records y en el Étoile Filante, como si se tratase de una fusión de ambos coches, pero actualizado al Siglo XXI, resucitando así aquella tradición de la marca del rombo de utilizar los récords como laboratorio tecnológico.

Renault Filante Record 2025 en el Rétromobile de París de ese mismo año (Creative Commons)
En definitiva, el Étoile Filante, fue mucho más que un coche diseñado para ser rápido. Fue la expresión automovilística de una época fascinada por los reactores, los aviones y la conquista del futuro. Sus 270 CV, sus 28.000 rpm y sus más de 300 km/h de velocidad punta, hicieron historia, pero quizá su mayor mérito fue demostrar que Renault estaba dispuesta a explorar caminos completamente desconocidos.





